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Porque siempre hay algo que contar

Odio regalar por navidad

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Lo sé, lo sé. Así, en crudo, suena un poco mal e, incluso, políticamente incorrecto pero es la puñetera realidad: no me gusta nada. Aún así, debo decir en mi favor que no es el hecho de gastarme la pastuqui lo que me produce ardor de estómago, noches de insomnio y episodios de mala leche según se va acercando el día de reyes, no; lo que me fastidia de verdad es no saber qué demonios regalar.

Con los niños normalmente no tengo ningún problema, los niños tienen muy claro lo que quieren y, normalmente, te lo cuentan sin ningún pudor (gran invento este de escribir una carta a los reyes bajo supervisión de un adulto). En esos casos, no suelo tener problemas en regalar. Es cuestión de ponerse de acuerdo en quién le regala qué a quién (en estos casos suele haber varios objetivos a cubrir) y venga… a perder una tarde o mañana en un centro comercial atestado de personas histéricas con cara de mal café para encontrar el regalo escogido. Eso sí, también hay que tener un poco de suerte para que el regalo que tienes que comprar no sea uno de esos que se han agotado en todos los sitios, que esa es otra.

Los problemas los suelo tener con los regalos para la gente adulta. Gente que, excepto salvedades, tiene ya todo lo que quiere y/o necesita (excepto coches, casas y otras cosas que se escapan del presupuesto del típico mortal como yo). En estos casos ¿qué demonios regalas?. Además, como no quieres quedar como un cutre que no se ha pensado los regalos (¿quién?, yo, ¡venga ya!), no te vas a poner comprar bufandas, corbatas, zapatillas y similares; no, este año sí que sí, este año vas a regalar algo útil de verdad que no va a acabar en el fondo de un armario, el cubo de la basura o subastado por eBay. Así es donde empieza la pesadilla. Y, lo que es peor, al final acabas regalando las puñeteras zapatillas.

Total, que según nos vamos acercando a las fechas fatídicas, me voy poniendo de muy pero que muy mala leche. Y la verdad es que es una pena porque a mi no es que me disgusten las navidades en si. Eso de comer en familia (aunque sea la política) no está tan mal; ver a los tíos, primos y adjuntos que ves de pascuas en ramos tiene su aquel y es algo con lo que disfruto. El problema es eso; los puñeteros regalos.

Aquí en España hay como dos vertientes: los que regalan en navidad y los que regalan en reyes. Bueno, también hay los que regalan en las dos fechas pero eso ya es de masoquistas. Nosotros somos de los segundos, de los de reyes. En parte está bien porque tienes más tiempo para pensar los regalos (o para sonsacar más información a los interesados) pero, por otra parte, me paso todas estas fiestas amargado.

Este año, al igual que los demás, reservé un par de días antes del día D para arrastrarme moribundo por los centro comerciales a la búsqueda del santo grial y, dentro de lo que cabe no me fue mal, el día 4 por la tarde tenía ya todo comprado. Eso sí, algunos regalos fueron los típicos de compromiso (ya se sabe: bufandas, zapatillas, etc) pero, ¡qué les den!, prefiero tener al menos un día de relax en estas vacaciones en el que pueda disfrutar de la vida.

Pero bueno, ya está, ya pasó el tormento. Ahora a esperar al próximo que será antes de enero del año que viene porque, como bien habréis supuesto, también odio regalar en los cumpleaños porque, en esencia, es lo mismo pero con otro nombre.

Por cierto, este año los reyes me han traido cuatro bufandas.

Written by iuveaene

7.enero.2010 (Jueves) a 9:19

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